Circuito educativo (Por Ayleen Castro, Estudiante de Derecho de la UTalca).
La historia, las matemáticas, el lenguaje y las ciencias. Elementos transversales sobre los cuales se construye la base del conocimiento en las aulas; un saber paradigmático y por qué no decirlo bastante mediocre. Sin embargo, la verdad es que de alguna manera se ha limitado nuestro saber a cátedras impartidas por planes ideados o pensados por sujetos que no conocemos, muy ligados por cierto al régimen gubernamental. Libros de enseñanza que se complementan a las audiencias orales de las que somos parte; quizá como espectadores o acatadores de una realidad distante y conexa la cual se nos entrega empaquetada. Si Ud. aún no comprende a que voy, le explico que he estado describiendo el modelo educacional al cual todos de alguna manera hemos contribuido a mantener firme y sin modificaciones; no busco reprender a profesores, académicos, docentes, estructuras académicas. No, claro que no. Muy por el contrario, ellos al igual que Ud. y yo hemos sido presas de un modelo perfilado muy concienzudamente, impuesto e ideado hace cientos de años para concentrar el poder y disuadirnos de revelaciones contra el orden social y económico que alguien o algunos, han gravado para nosotros.
Yo lo llamo el circuito educativo.
El problema en la educación no es su financiamiento; más bien, este elemento económico que ha sido añadido por las civilizaciones más contemporáneas es un efecto-consecuencia de la capitalización de los recursos en todo ámbito de cosas; un paradigma que concibe el proceso de crecimiento humano en sentido intelectual y valórico como un servicio que alguien debe prestar y el cual yo debo retribuir. La trilogía; cosa-comprador-precio no se reconduce únicamente al derecho de propiedad en el que el dominio puede ejercerse sobre cosas corporales o incorporales, si no que también se refiere al proceso en que pretendemos formarnos como seres funcionales en una sociedad que necesita de nosotros, y que como si esto fuera un laberinto sin salida, nos retribuya de igual forma con capital. Y así cíclicamente. De lo necesario a la necesidad. Por tanto que para recibir una educación sea necesario que medien recursos económicos, no nos debería sorprender. Más aún, si con reformas sociales-gubernamentales se logra modificar esta circunstancia por completo, tendremos un avance porcentualmente enorme, pero no el necesario. La educación gratuita es una consigna primordial si queremos modificar las condiciones en que se imparte la educación, pero lamentablemente no es la fundamental.
Pareciera ser que tampoco es la obligatoriedad, ni su universalidad. De hecho, estas circunstancias se nos han hecho ver como elementos positivos mediante los cuales se nos garantiza a todos y cada uno un beneficio otorgado por el estado. La educación son becas, son créditos, son subvenciones, son aportes fiscales, son sueldos a profesores, construcciones, sillas, mesas, es la leche y el pan. Es cierto, la educación comprende un gran amplio espectro de circunstancias que han sido logros para una sociedad organizada y movilizada, pero es dable comprender que esta amplitud de posibilidades son solo transacciones que se generan bajo presión y sin ningún interés por parte del ente benefactor y claramente su causa es el poder. Por eso es que más allá de que la universalidad y la obligatoriedad sea una forma de entregar un instrumento a los ciudadanos para dignificarlos, éstos son transformados en el instrumento de la educación para satisfacer intereses múltiples: educar a niños en la obediencia, hará a una clase trabajadora obediente e inteligente, eficaz: como decía Foucault es “la economía del poder”. Ello funciona de manera muy sencilla, estudiantes instruidos en establecimientos que fijan barreras de contención muy similares a los penitenciarios, de cuyo encerramiento o privación temporal de libertad o contacto con el mundo exterior surge la aceptación social de esta metodología por parte de los padres que ven de forma paralela los beneficios asimilados a guarderías, padres que trabajan todo el día para financiar los colegios en donde sus hijos son educados para poder optar a trabajos mejores como profesionales que desarrollarán funciones mejor retribuidas para así poder enviar a sus hijos a colegios... Parece paradojal, sin embargo este es el circuito del cual somos parte y no hace falta ser muy erudito para hacer tal balance.
Y es que la economía del poder hizo nacer al trabajo; manifestaciones concretas hay de sobra: el esclavismo, el feudalismo, la revolución industrial y hoy la globalización. Sin embargo también hizo nacer la educación como un medio de formar a personas que obedezcan ahora de manera voluntaria mediante la aceptación social el régimen neoliberal. Seres a los cuales se les ha hecho mirar desde un lente óptico una realidad bastante tergiversada del funcionamiento del modelo educacional por competencias.
“Todo el mundo habla de paz, pero no se educa para paz. La gente educa para la competencia y la competencia es el principio de cualquier guerra”
La piedra angular del modelo con el que contamos hoy es el contenido, la me-to-do-lo-gía. Nace en que para educarnos - latín educere que significa 'sacar', 'extraer'- es necesario reconocernos como seres únicos, con capacidades e intereses variados. Por ende debemos desprendernos de estándares en los cuales se degrada a quien tiene habilidades distintas, debemos desasirnos de la segregación por ciclos o carreras.
La educación necesita su elemento central que es lograr extraer el conocimiento y el ser propio de cada uno, buscar, dialogar, vencer estándares y vaciar nuestras conciencias. El ser debe volver a ser libre, a reflexionar como lo hizo platón, a ponerse en interacción con su ambiente y romper todas las ataduras que lo ligan a un futuro que ya fue predeterminado por otro. La educación debe enseñarnos, no elegir quienes queremos ser.