William Blake (Londres, 1757 – 1827) y su inigualable pulso a la hora oscura y abismal de retratar sus más inquietantes pensamientos y cosmovisiones de su interior, le han hecho ganar notoriedad dentro del mundo artístico, pero no por sus conceptos heredados de las tradiciones renacentista desde el preconcepto de un Boticelli o un Da Vinci cualquiera, sino, por su carácter fuertemente intempestivo, fuera del canon, lúgubre y en últimas interpretaciones ligados al misticismo desde el ojo del observador. Ahora bien, lo novedoso aquí es poder analizar de manera global pero a la vez minuciosa su obra titulada “El Gran Dragón Rojo y la Mujer vestida de Sol” creada entre los años 1805 hasta 1810 en su período de término. En él se puede visualizar el ascenso de un gran ser animal antropomorfisado en el que se puede destacar su inigualable carácter de poder, y sus cuernos que recuerdan a muchas criaturas propias de las mitologías que van desde la Grecia, hasta las descripciones apocalípticas del texto de San Juan en el ocaso de la humanidad predicho por el antiguo testamento. La otra figura patente en el cuadro, es la de una mujer en la parte inferior que viste delicadas prendas, en analogía a la figura del sol, que cada vez más representa el ocaso de la humanidad ante la presencia de este gran ser omnipotente que es el dragón. Desde los términos propios de la crítica, se puede analizar esta pintura remitiéndose a las representaciones propias de un poder constitucional en que cada vez que se impone a la voluntad de un sujeto que en su condición de no-sujeto cae ante las supeditaciones de estos poderes que van a incidir directamente en las distintas herramientas que van renovándose a través de los siglos, incidencia política, económica, social y cultural. Todo este modelo de desarrollo impuesto por este Leviatán o monstruo (Digno de la tradición filosófica utilitarista de Hobbes cuando define a el estado con esta figura bíblica) tiende a minimizar la grandeza que destaca a los distintos organismos empoderados que representaban los sujetos organizados, que mediante estas estrategias de las nuevas potencias de gobierno, propician la reducción activista en pro de una mejor toma de decisiones, y una participación democrática en la que se busca el bien común, velando por la comunidad y la calidad de vida a través de los individuos empoderados que pierden empoderación gracias a la constante ejercitación de un poder, poder que se asemeja a la de este dragón imponiéndose a bocanadas sobre la pintura. Finalmente, es imperativo mencionar, que esta pseudo-reflexión responde a la cosmovisión de un simple sujeto inmerso en esta realidad donde los entes que gobiernan juega constantemente a ser dioses.
Marcelo Betanzo.

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