Me despierto por las inusitadas vibraciones que en un minuto pensé que eran mis sueños, siento como grandes pisadas o grandes escupos que caen desde el cielo, como si fueran provocados por un gran ser superior a todo humano. La luz se cortó en un segundo y con ella comenzó a sonar la sirena, ese sonido apocalíptico que cala en todos nuestros huesos al oírlo, ese sonido que nos recuerda que la muerte puede besarnos esta noche. Me dirijo al sótano, porque siempre me han dicho que es un lugar seguro, a mí me parece una ridiculez, porque si la casa se cae lo primero que será aplastado será el sótano, la casa presionara sobre sí misma provocando la magia que hará desaparecer un piso completo, como si nunca hubiera existido, quedamos enterrados 5 metros bajo tierra.
El piso se remecía, era un especie de movimiento terrestre, un temblor, pero no es una sensación espontánea, podía sentir, percibir, oler la rabia en los aires decadentes. La sirena aun suena, eternamente, aullando, como gritando entre las calles, llevando el sonido como estandarte, como un ejército de soldaditos, escuadrones verdes, azules, rojos. Mientras bajaba las escaleras, todo se me presentaba de manera confusa, sombras acechaban a mis ojos, haciendo un juego de ilusiones, meciéndose frente a mí, las sombras se derretían y bailaban. Después de los quince escalones más caóticos de mi vida, me doy cuenta que hace tiempo que no venía a limpiar este desastre, debajo de las casa siempre se guarda lo no deseado, y se quedan acumulando los recuerdos, polvo como el residuo perpetuo del olvido, las letanías del pasado generando la picazón molesta en nuestras narices, como la venganza del olvido. La luz seguía cortada, así que tanteaba con las manos algo que pudiera observar, y después se iban moviendo las nubes haciendo iluminar un poco a través de las pequeñas ventanas que se encontraban en una parte superior del sótano, una luz que atraviesa desgarrando a la oscuridad, como degollándola para provocar la bendecida iluminación, claridad del destino.
Entonces me encuentro entremedio de tanto polvo, una vieja radio, decidí prenderla para saber que estaba ocurriendo en las afueras, qué era lo que estaba provocando tal remezón en los imaginarios y en las realidades en una noche que se suponía tan tranquila como esta. Alargué la antena con un movimiento seguro, y comenzó recibir las señales y frecuencias, cuando en un minuto de silencio interrumpido, resuena en mis oídos la voz lejana de un transmitente.
Las bombas han comenzado a caer desde hace 10 minutos aproximadamente, los principales objetivos han sido algunas embajadas y edificios militares, no sabemos quién las ha tirado, solo sabemos que el centro de la ciudad se encuentra en un estado de pánico generalizado, la gente grita en las calles, se arrancan los pelos, se desmayan, hay muchos cuerpos sobre las calles producto de las bombas, el presidente yace muerto en la casa de gobierno por culpa de las numerosas bombas que han caído, el cielo se encuentra griseado y repleto de aviones en el cielo, recomendamos que se refugien en algún lugar subterráneo y seguir nuestra frecuencia para mantenerse informado sobre este atentado a la humanidad.
En ese minuto creí haberme cagado en los pantalones al oír tal enunciación, el cielo parecía rugir con el sonido de los aviones que pasaban sobre mi casa, era un apocalipsis sonoro. Lograba imaginar cada objeto relatado por el locutor de la radio, era como estar ahí, rodeado de ausencia, inmerso en el mundo de la presencia. El suelo seguía vibrando y yo corro rápidamente hacia la despensa a sacar algunos panes, latas de jurel, un poco de mortadela, mayonesa, cuatro bidones con cinco litros de agua, una botella de Ginebra, otra de Tequila y un kilo de naranjas. Todo lo demás lo tendré que ir a buscar si es que no me destrozan mi casa estos bastardos, pensé. Cerré la puerta del sótano con varios palos de madera para poder truncar la entrada de cualquier sobapalos que quiera entrar a aniquilarme. Desempolvé una vieja silla y la puse cerca de la radio, cuando de repente mi casa se estremece con fuerza como aullando desde su interior, provocando un sonido de sufrimiento retardado, un gran temblor arremete el sótano, comenzando a botar una cantidad absurda de libros que se encontraba en unas cuatro estanterías ubicadas a un lado del sótano, una tras otra se fueron golpeando, arrojando los libros en el suelo que iban cayendo como una eterna cascada infinita hacia la destrucción. Comienza a caer un polvillo desde el techo del sótano y yo pienso carajo, cuando mis ojos se nublan; caigo al suelo en un segundo desmayado por el pánico. Despierto al rato, no sé cuánto habrá pasado, pero no fueron más de diez minutos, cuando escucho que la radio nuevamente retoma su frecuencia.
¿Por qué nos has abandonado en las puertas del infierno, padre? Las llamas logran quemarnos hasta los huesos, nos corroen las mentiras, las verdades se acuchillan unas con otras, han bombardeado las demás estaciones de radio, hay soldados en las calles matando y violando a destajo, como si se hubiera suspendido la razón por un instante imperfecto. Las calumnias llegan como gotas de agua que tanto hacen falta en estas tierras, el cielo se ha ennublecido como si Lucifer estuviera entre nosotros, observando, acechando, las próximas víctimas y servidores del infierno. Necesito que me ayuden, desde aquí veo como arde en llamas el edificio en el cual yo vivía con mi esposa e hijos, no me queda nada más que seguir observando estas atrocidades que se nos presentan en un día como hoy, que nos traicionará y apuñalará en nuestra propia memoria, como la peor traición de la historia. Ah, la historia tan imperfecta, nos hace trascender y en unos segundos aplastar con todo su peso destrozando nuestras vísceras repartiéndolas por todo el espacio. Enciérrense en sus casas, estos hijos de perra no tienen piedad, no conocen la piedad, tienen una mirada a los ojos nublada por la ambición. Enciérrense y cuiden de sus bienes, de su interior para no terminar violado, cortado y tirado en cualquier zanjón, con el cuerpo repartido.
En ese momento comencé a buscar tablas de madera en cualquier lado para tapiar las ventanas y las puertas. Destrocé mil muebles para poder obtener estas tablas que serían las que me liberarían y me encerrarían en mi libertad. Comencé a martillar las ventanas y puertas para que no vinieran por mí y terminar en una zanja con el cuerpo repartido, luego de estar un par de horas bloqueando toda entrada decidí internarme nuevamente en mi sótano abandonado, provisto con lo necesario para permanecer allí una semana y así comencé mi nueva vida, esclavizada por la radio que perfilaba mi realidad y me informaba de lo que acontecía fuera de mi hogar. Había días que escuchaba pasos arriba mío u otros días que solamente se remecía la casa, como si la acechara un gran temblor que pasará por los lados de esta. Luego de que pasaran los días eternos, los cuales perdí la cuenta de cuantos días pasaron, por culpa de mi encierro obligado me decidí por salir de aquella buhardilla que aseguraba mi existencia, el segundo o tercer día dejaron de transmitir en todas las radios o creo que a la radio se le acabaron las baterías o quizás fue ese gran golpe que le acerté contra la muralla porque ya estaba aburrido de estar encerrado.
Cuando logré sacar todas las tablas que bloqueaban la entrada del sótano y de mi casa, pude por fin respirar el aire tan limpio que aguardaba fuera de mi guarida y allí me percaté de que nada había pasado, todo volvía, o mejor dicho, todo siempre estuvo en la normalidad. No había humo, no había fuego, no había muertos, no había soldados. No sé si fui preso de la radio o de mi mente durante una semana, nada importa, de repente salir de lo cotidiano es el mejor remedio para nuestras mentes, pero como todo remedio, siempre existe un exceso de soluciones para un problema que se empequeñece con los años.
Lucas Coyote.